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NUESTRA ALEGRE JUVENTUD


¿Podemos afirmar que la juventud es una etapa conflictiva en si misma, o dicha conflictividad es en parte reflejo de una problemática social estructural?. ¿Realmente conocemos, aceptamos y respetamos los valores y decisiones de las personas jóvenes, o quizás tratamos de conducirlos hacia un lugar predeterminado, donde es posible que algunos de ellos no quieran llegar?. ¿Existen cauces de participación adecuados y alternativas viables, para aquellas personas que no comparten o desean cambiar los modelos de sociedad predominantes?. ¿Está la comunidad preparada y dispuesta a asumir los retos que se le plantean, para lograr una sociedad más justa y solidaria?.
Trataré de responder a estas preguntas a lo largo del artículo, incidiendo sobre todo en aquellos aspectos que a mi modo de ver, debemos intentar modificar, puesto que ese es uno de los fines del Trabajo Social en general, y de la Intervención Comunitaria en particular.
Tradicionalmente la discusión teórica acerca del concepto de juventud y de la vida juvenil, ha girado en torno a la cuestión de si esta puede ser definida:


1.    como un mero grupo de individuos con una determinada edad.
2.    como una fase de transición o paso hacia la edad adulta.
3.    como una etapa del ciclo vital con características propias.

Probablemente cada uno de nosotros/as tendrá una idea diferente, o ni siquiera nos planteemos nada al respecto, pero bajo mi punto de vista el enfoque mas completo y adecuado, sería el que considera la juventud como una etapa del ciclo vital con características propias y sentido en sí misma.
Si algo puede decirse sobre la nueva condición juvenil es que las biografías, trayectorias y transiciones vitales, han perdido su anterior característica fundamental: ser un proceso lineal y secuencial en el tiempo, que permitía ir quemando etapas de manera sucesiva y encadenada, pasando de la infancia a la adolescencia, posteriormente a la juventud y de ahí a la edad adulta; para llegar a convertirse en una serie de procesos reversibles, condicionados por factores laborales, sociales, y estructurales, en los que la persona puede verse atrapada en contra de su propia voluntad.
En la actualidad, la juventud tiene asignada como función principal ocuparse de la continuidad y el cambio de la sociedad. El sistema productivo necesita que se garantice la transmisión de los nuevos títulos y cualificaciones que se van generando, cada vez más numerosas y complejas, y que éstas puedan transmitirse al mayor número posible de individuos, de una manera rápida y uniforme.
La juventud adquiere pues su propio sentido, en base a esta tarea de preparación para la vida futura. Evidentemente, durante este periodo de tiempo los jóvenes somos “liberados” de las obligaciones inherentes al trabajo asalariado, siempre a cambio de aprovechar las “oportunidades” que se nos presentan.


Con respecto al retraso en la edad de emancipación y el alargamiento de la “fase juvenil”, algunas personas jóvenes pueden tener la sensación de vivir una fase abierta, que no saben cuando va finalizar; donde las instancias y estructuras de socialización para la edad adulta, dejan de tener validez y representatividad, a la par que se enfatiza el valor y la supremacía de aquellas otras que pueden sentir mas cercanos durante esta etapa, (grupos de iguales y medios de comunicación).
Por otra parte el tiempo de ocio va ganando protagonismo en nuestra vida. Esta creciente importancia, puede estar en algunos casos relacionada con la falta de expectativas claras de futuro, (muchos/as de nosotros/as “vivimos al día, disfrutando del presente”), pero también con el papel de herederos/as de una sociedad basada en el consumo. Por ello no resulta extraño que una buena parte de las personas jóvenes esté inmersa en una “crisis de identidad”, originada en cierta medida por el contexto social en el que viven.
Parece ser que la vida juvenil se ha convertido, en una categoría política y práctica, que puede llegar a interiorizarse y convertirse en un estilo de vida, transformándose en una auténtica forma de ser y actuar, con independencia de la edad que una persona tenga.

NO DISFRUTAMOS EN EL PARO

Nuestra generación pasa por ser la más preparada a nivel académico, el porcentaje de personas con estudios medios o superiores, es el más elevado de la historia reciente. A pesar de ello, las oportunidades y perspectivas de futuro, no son directamente proporcionales al nivel de cualificación adquirido, y al esfuerzo realizado en el proceso de formación. Cursar estudios sin vocación, (aprender lo que la sociedad demanda o lo que tiene mas salida), o cursar formación sin proyección, (estudiar lo que realmente me gusta aún sabiendo que el mercado laboral ya está saturado), está a la orden del día entre los/as alumnos/as.
Incomprensiblemente, a pesar de que muchos/as estudiantes son conscientes de esta situación, una buena parte de ellos/as siguen optando por la formación universitaria, en lugar de tomar otras opciones y alternativas.
Quizás la influencia de la generación anterior, (para nuestros padres y madres estudiar es la solución a todos los problemas), las rápidas transformaciones sociales (hace unos años contar con estudios superiores era una garantía de futuro), la búsqueda de un estatus social a través de la titulación universitaria, y la imagen devaluada de la formación profesional y ocupacional, puedan explicar en cierta medida el creciente fenómeno de “titulitis” que nos invade. Evidentemente, también existen nuevas especialidades y titulaciones emergentes con grandes perspectivas laborales, pero muchas de ellas solamente se imparten en las universidades privadas mas prestigiosas, o bien en centros públicos situados en las grandes ciudades, con lo cual la posibilidad de acceder a esa formación para muchos/as de nosotros/as es ciertamente limitada.


Es necesario como ya señalábamos anteriormente que estas enseñanzas académicas capaciten a los estudiantes en la adquisición de cultura general, y en conocimientos técnicos específicos válidos para desarrollar una actividad laboral o profesional concreta, puesto que la propia sociedad así lo demanda, pero no todo gira en torno a estos aspectos. Las personas en nuestra vida cotidiana estamos en contacto permanente con otras personas y situaciones, que requieren de otro tipo de conocimientos que no se imparten en ningún centro educativo, ni se contemplan por el momento como materia docente en los diferentes planes de estudios, sean estos de nivel elemental, medio o superior, pero que son tan necesarias o mas que los otros aprendizajes, Algunas personas llaman a esto habilidades sociales o habilidades para la vida (si quieres saber mas sobre el tema, consulta el artículo de la revista Hegoak número 6).

NI DISFRUTAMOS TRABAJANDO


Si entramos a evaluar las condiciones de vida de la generación anterior y la actual, podemos establecer diferencias significativas e incluso paradójicas. En relación a su nivel de estudios, nuestros padres han llegado a disfrutar de grandes cotas de bienestar (a pesar de que la mayoría de ellos/as solo tenían estudios primarios). Hoy en día no resulta extraño que un/a obrero/a especializado/a con cierto grado de antigüedad, gane más dinero que un/a joven titulado/a universitario/a con un contrato temporal. Existen además, diferencias abismales dentro de una misma empresa entre personas jóvenes y maduras, en cuanto las condiciones laborales y retributivas (léase subcontrataciones y similares). Hasta hace no demasiado tiempo las empresas de trabajo temporal (ETT), se quedaban con una parte del sueldo de cada trabajador. Una mente retorcida y calenturienta como la mía, es capaz de imaginar un mecanismo perverso mediante el cual ciertas empresas, podían llegar a crear una ETT “fantasma”, que les  permitiera subcontratar a sus propios trabajadores para reducir los costes laborales e incrementar sus beneficios económicos.
Los colectivos con determinados perfiles sociales, cargas familiares y responsabilidades económicas, tienen más facilidades para optar a un empleo de calidad, puesto que gozan de bonificaciones en las cotizaciones a la Seguridad Social. Por el contrario los contratos temporales son patrimonio casi exclusivo de la juventud (casi dos terceras partes de las personas jóvenes somos eventuales) y no tienen bonificación alguna, llegando a estar en algunos casos gravados en su cotización, como por ejemplo cuando su extensión es inferior a los siete días de duración. Estos contratos permiten además reducir los costes laborales, al no reconocer conceptos salariales como la antigüedad, o las titulaciones.
De un tiempo a esta parte muchas empresas han introducido en sus convenios cláusulas bajo el amparo de la flexibilidad laboral y la competitividad, creando categorías profesionales que anteriormente no existían, para reducir los derechos de sus nuevos/as empleados/as. Este último hecho refleja una patente desigualdad, a la hora de acceder al mercado de trabajo en igualdad de condiciones que otros colectivos.
De este modo la precariedad laboral de la juventud (siempre amortiguada por el “colchón familiar”), sirve tanto para  incrementar los beneficios económicos de la clase empresarial y del Estado, como para equilibrar el balance económico de la seguridad social. Este fenómeno podría interpretarse asimismo, como un mecanismo de control social que permite la reproducción del sistema capitalista, y mantiene el statu quo.
Este hecho supone en sí mismo una clara desventaja social, pero todavía es mas preocupante el pensar que de no modificarse esta situación, nuestra generación pagará un alto precio al llegar a la tercera edad, puesto que la precariedad laboral que ahora soportamos, incidirá de manera directa en la probabilidad de acceder a la pensión de jubilación y en su cuantía. En casos extremos, este proceso puede desembocar en la imposibilidad de acceder al sistema de garantía de ingresos de pensiones contributivas de la seguridad social.
Asimismo, en épocas anteriores había otra serie de alternativas para mejorar, como la emigración (muchos de nuestros progenitores regresaban del extranjero con el dinero suficiente para comprar una vivienda, y aún les sobraba dinero). Evidentemente este tipo de oportunidades hoy en día no son ni siquiera viables.

¿QUÉ PODEMOS HACER CON TANTO DINERO?

Vivimos en una sociedad de consumo, (cuando no consumista), que socializa a los individuos bajo una perspectiva eminentemente materialista. Asociamos el nivel de bienestar o el desarrollo económico y social con la necesidad de producir y consumir bienes y/o servicios. De una forma o de otra todos acabamos siendo consumidores ahora bien: se trata de potenciar la responsabilidad, la libertad y la autonomía (SER y HACER), frente a la cuestión del TENER.
Es evidente que en la actualidad buena parte del ocio y tiempo libre, está basado en un estilo de diversión consumista, generado y reforzado por las diferentes industrias que hacen del fin de semana una suculenta fuente de ingresos. El rol de consumidor es importante para los jóvenes de hoy en día, puesto que el acceso al mercado de bienes y servicios, nos brinda la oportunidad de experimentar nuevas formas de “libertad”, de “identidad”, e incluso de “ciudadanía”...
En este último sentido, cabe destacar que el colectivo juvenil es uno de los grupos que mas recursos aporta a las arcas del estado, ya sea a través de los impuestos directos derivados de la actividad laboral (IRPF), o bien mediante los impuestos indirectos y/o especiales que gravan aquellos productos que en su mayoría son consumidos por la gente joven (telefonía móvil, viajes, música, cine, videojuegos, ropa de marca, automóviles deportivos, alcohol, tabaco, carburantes, etc.).
Las personas jóvenes se constituyen así en un grupo carente de grandes obligaciones y responsabilidades, cuyos ingresos pueden dedicarse principalmente al consumo de bienes y servicios, puesto que sus posibilidades de llevar a cabo el proceso de emancipación y vida autónoma, están limitadas entre otras muchas cosas, por un difícil acceso a un empleo estable y de calidad, a una vivienda propia o de alquiler que tenga un precio razonable, con unas condiciones de acceso flexibles, acordes con su situación social y laboral.


Este falso bienestar derivado de una actitud consumista, dificulta además el proceso de concienciación de la juventud tanto en lo referente a la percepción de sus propias necesidades y carencias, como de sus potencialidades y posibles alternativas.
La reducción de la intervención estatal en los diferentes ámbitos, también afecta a las políticas sociales específicas de juventud, dejando en manos de la economía de libre mercado la provisión de recursos y servicios. También los recortes de las prestaciones del denominado “estado de bienestar”, (léase prestaciones por desempleo, subvenciones y recursos sociales), perjudican principalmente a aquellos colectivos (en este caso concreto a la juventud), que no tienen cargas familiares o responsabilidades. De esta manera la juventud sigue cotizando (mantiene una obligación) pero tiene restringido el acceso a la hora de generar un derecho (percibir).


¿QUÉ PODEMOS HACER CON LAS VENTAJAS SOCIALES?

La imagen social del colectivo en su conjunto está distorsionada por un gran número de prejuicios y estereotipos. Tomemos como claro ejemplo la adolescencia; en si misma únicamente se constituye como una etapa relativamente corta y delimitada dentro del ciclo vital, que a priori no debería caracterizarse por ser mas problemática que otras. Una de las interpretaciones mas frecuentemente utilizadas para abordar la “conflictividad” de esta etapa, está basada en las explicaciones de tipo biológico. Las conductas y comportamientos problemáticos de los adolescentes, (lo que coloquialmente se conoce como “estar en la edad del pavo”), se explican única y exclusivamente por los cambios hormonales que acontecen durante este periodo.
Este mismo hecho aplicado a otros colectivos y situaciones, (como por ejemplo en el caso del síndrome premenstrual o de la menopausia, que afectan a la mujer), son tachados de opresores, reaccionarios y retrógrados, puesto que contribuyen a la degradación de la imagen del colectivo femenino. Cabe preguntarse porque en el caso del colectivo adolescente no ocurre lo mismo. Sería adecuado pues, trabajar para desmitificar este periodo, atendiendo a parámetros más objetivos, basados en estudios científicos. Según la psicología evolutiva, podemos considerar parcialmente capacitados a los adolescentes mayores de 12 años para decidir por sí mismos, puesto que a partir de dicha edad comienza a desarrollarse el pensamiento racional o hipotético-deductivo.
De un tiempo a esta parte es frecuente describir y catalogar como un “grupo de riesgo” a todo el colectivo juvenil, en buena parte debido a los comportamientos de sectores minoritarios, cuyo peso específico parece verse amplificado por los medios de comunicación. Existe además una percepción social de este periodo rodeada de un cariz negativo, cuando no peyorativo, basado en la sabiduría popular y en la subjetividad (la mayoría de edad, la emancipación, cumplir con otros ritos sociales como emparejarse o contraer matrimonio, son asociados con frecuencia a la presencia o ausencia de madurez). Las consecuencias de este enfoque son diversas y provocan fuertes desigualdades (“metemos a todos en el mismo saco” y “pagan justos por pecadores”).
Entre los ejemplos a destacar podemos citar algunos muy ilustrativos: los accidentes de tráfico causados por las imprudencias o negligencias de algunos conductores jóvenes, permiten a las compañías de seguros encarecer las pólizas de  manera exponencial. Como consecuencia de ello intentar asegurar un automóvil a un precio razonable resulta prácticamente imposible para una persona menor de 25 años. La única alternativa posible es asegurar el vehículo a través del consorcio de seguros que ofrece un seguro de cobertura mínima, con lo cual se vulnera un derecho fundamental de una persona en base a criterios subjetivos (parámetros estadísticos). 


Podemos señalar ejemplos similares relacionados con los diferentes estilos de vida, en lo referente al consumo de sustancias psicoactivas (drogas), y/o conductas sexuales, donde la imagen del colectivo juvenil es estereotipada de manera sistemática, por los medios de comunicación y otros entes sociales.
Existe una clara tendencia, hacia la estigmatización de determinados estilos de vida poco acordes con el orden social establecido, basados en generalizaciones carentes de rigor. Incluso se han llegado a generar etiquetas y “enfermedades” ad hoc, como en el caso concreto de la homosexualidad (en otro tiempo calificados como pervertidos sexuales, hoy sujetos con derechos reconocidos); o las adicciones, (algunos manuales de psicología hablan de personalidad inmadura) en un intento de potenciar los mecanismos de control social. No podemos confundir lo habitual con lo “normal”, ni lo “natural” con lo cultural, puesto que el “etiquetar” a un determinado individuo o grupo social, conlleva una clara desventaja social difícil de superar.
Por ello desde el mundo “adulto” se debería tener en cuenta todas estas cuestiones, asumiendo ciertos riesgos en los procesos educativos (evitando tanto el desamparo y la desatención, como la sobreprotección), puesto que ambas situaciones pueden repercutir negativamente en el desarrollo personal de los jóvenes. Es evidente que durante esta etapa (como a lo largo de toda la vida), se pueden cometer excesos y errores, pero si no son demasiado graves pueden ser una fuente de aprendizaje.
La suma de todos estos factores no hace más que fomentar la dependencia de las personas jóvenes respecto de sus familias. El hecho de no tener la oportunidad de adquirir responsabilidades, puede favorecer la aparición de conductas potencialmente irresponsables (es “la pescadilla que se muerde la cola”). Por supuesto que toda responsabilidad implica un derecho y viceversa.
En este sentido no podemos pretender en el proceso de socialización, separar ambas cuestiones o manipularlas a nuestra conveniencia, tratando a la juventud como infantil o madura según nos convenga, (durante la adolescencia y la juventud es frecuente que las relaciones entre padres e hijos puedan verse impregnadas por esta dinámica).
Los modelos de referencia muchas veces presentan serias contradicciones entre la teoría y la práctica, algunas instituciones dictan normas que no llegan a cumplir o bien no pueden hacer cumplir, con lo cual dichas instituciones y modelos pierden en buena medida su legitimidad o autoridad moral. Quizás algunas de las conductas que a menudo denominados “inadaptadas” y tratamos de achacar, entre otras cuestiones a “las cosas de la edad”, la “mala educación” o a la falta de habilidades para la vida, puedan entenderse mejor bajo esta perspectiva.

VAMOS DEJANDO PASAR NUESTRA ALEGRE JUVENTUD


Al analizar la situación juvenil, la influencia de los medios de comunicación y los grupos de iguales es un elemento de suma importancia. A través de estos grupos las personas jóvenes obtienen un sistema de guía y orientación, donde pueden empezar a estructurar su personalidad e identidad, mediante el desempeño de diferentes roles. Es evidente que el alcance de dicha influencia puede ser limitado a través de un pensamiento crítico, (no estamos hablando de autómatas sino de personas con capacidad para decidir y actuar en libertad, aunque siempre existen elementos externos que nos condicionan como la presión grupal y social, puesto que estamos sometidos a un continuo “bombardeo publicitario” que abarca muy diversos ámbitos  como la salud, el ocio y tiempo libre, etc.).
Las diferentes administraciones y la iniciativa privada cobran cada vez mayor protagonismo en la toma de decisiones, en detrimento del papel de los individuos, los colectivos y las entidades de iniciativa social (redes sociales “informales”).
Tratar de cambiar esta situación presenta algunas dificultades, puesto que una buena parte de la población juvenil parece desconocer el concepto de participación ciudadana, o simplemente han dejado en manos de la clase política (“que para eso les pagamos”), el rumbo de la vida pública. Este desconocimiento del movimiento asociativo, de sus ámbitos de actuación, fines y actividades, va unido a una escasa presencia y cobertura de los diferentes ámbitos de la nueva condición juvenil en los medios de comunicación. 


    Algunas de las cuestiones que consideramos necesarias para  modificar nuestra situación pasan por conseguir:
o    Favorecer el desarrollo de las personas jóvenes para que aprendan a tomar decisiones, resolver sus problemas y enfrentarse a la vida con el mayor nivel de autonomía posible.
o    Capacitar a la juventud para que ejerzan y sepan defender sus derechos y responsabilidades como ciudadanos y ciudadanas, participando de forma activa en la sociedad convirtiéndose en protagonistas del desarrollo social.
o    Atender las necesidades inmediatas de las personas jóvenes y adultas (educación familiar) desde la relación entre iguales, sin obviar la sensibilización y transformación de la sociedad y la coordinación con la red social.
o    Reducir los riesgos y daños relacionados con las vivencias del ocio y tiempo libre de las personas jóvenes, informando y educando a las personas en relación al manejo de los diferentes riesgos y placeres, promocionando un ocio saludable y productivo.
o    Promocionar el voluntariado y la cooperación entre administración (Gobierno de Navarra y Ayuntamientos), profesionales de lo social (S.S. de Base, entidades de iniciativa social), voluntarios, y jóvenes en general... creando una red; intentando implicar en el desarrollo comunitario al conjunto de actores o agentes que componen el tejido social.
o    Implicar a la juventud en las estrategias y actividades preventivas formando parte del proceso de actuación.
o    Incidir en la modificación del contexto de precariedad en el que vive la juventud
o    Motivar a la población de otras localidades y barrios, hacia la unión y coordinación entre jóvenes.
o    Dinamizar actividades y canalizar propuestas alternativas, para incidir en la situación de factores fundamentales como son la vivienda, el empleo y la salud.
o    Fomentar valores como la autonomía y la responsabilidad (tanto individual como colectiva), la solidaridad, el sentido de pertenencia a la comunidad, la tolerancia, el respeto y la no violencia, para prevenir o atenuar la existencia de conflictos sociales.
o    Fomentar un pensamiento y una actitud crítica, que permita generar opciones alternativas y constructivas a los modelos que la sociedad ha desarrollado, para promover una nueva realidad social.
o    Construir una sociedad que tenga en cuenta todas las sensibilidades y opiniones, potenciando la integración frente a la exclusión.
Es increíble como resulta el sistema

A pesar de contar con sistemas de protección social (educación y sanidad pública, seguridad social, etc.), y con políticas de redistribución de la riqueza, siguen existiendo y generándose nuevas desigualdades económicas y sociales, debidas en parte a una creciente tendencia política liberalista, que implica una concepción más individualista de la sociedad, y conlleva por tanto una reducción en el “estado de bienestar”, limitando el papel de la Administración en detrimento del sector privado. Esta filosofía de actuación persigue un objetivo claro: lograr un balance presupuestario equilibrado, que bajo nuestro punto de vista implica un déficit de carácter social.
Desde las estructuras macro sociales puede existir una situación de ambivalencia hacia los diferentes movimientos populares. Queda claro, que los diferentes colectivos realizan una labor social sobre todo a base de trabajo voluntario, que reduce los costes financieros de la atención social. Pero por otra parte, dichos colectivos demandan y reivindican mejoras en el contexto social y político, que en algunas ocasiones pueden llegar a producir tensiones políticas y conflictos de intereses, o bien poner de manifiesto las carencias y lagunas de la propia Administración en determinadas cuestiones.
Los colectivos con poder y los grupos de presión, han creado y mantienen valores, actitudes y hábitos muy arraigados socialmente, a través de costumbres, tradiciones y leyes. Aunque frecuentemente estas actuaciones priman los intereses de elites y minorías, (es decir, que no responden a criterios de justicia social), resulta difícil modificar estos patrones, puesto que el proceso requiere de un trabajo a largo plazo, continuo y sistemático, y no siempre se consiguen los resultados esperados.
Algunas personas piensan que asociarse y participar sirve para poco o mas bien para nada, y por ello se adaptan y acomodan (incluso se resignan). En el mejor de los casos buscan soluciones individuales, o bien esperan a que sean otros quienes se esfuercen en resolver las situaciones problemáticas. En cierta medida, este hecho puede explicarse también por las propias debilidades que presentan algunos colectivos. Una buena parte de ellos no consigue hacer propuestas que conecten con la comunidad y que atraigan la participación, otros simplemente sí logran hacerlo, pero carecen de una correcta gestión asociativa. Un movimiento asociativo fuerte y preparado, puede atenuar el impacto de todas estas desigualdades y diferencias, mediante un trabajo social a largo plazo.
La clase política por su parte debería evitar caer en la tentación de llegar a convertir la actividad política, en un escenario para dirimir sus conflictos personales e ideológicos. La posibilidad de llevar a cabo proyectos y acciones debe basarse en el consenso, no en la mera alternancia política. La democracia nunca puede llegar a ser la “dictadura de la mayoría”.
¿Qué más se puede pedir?

Llegados a este punto os estaréis preguntando si esto puede arreglarse de alguna manera. Es evidente que no existen “varitas mágicas” ni “libros de recetas” para las problemáticas sociales. El trabajo social intenta abordar estas cuestiones mediante la intervención comunitaria: un proceso que engloba un conjunto de acciones, destinadas a promover el desarrollo de una comunidad a través de la participación activa de la misma, en la transformación de su propia realidad, tomando como base fundamental la totalidad de los recursos que toda comunidad posee.
Esto supone el traslado de la toma de decisiones a los niveles “inferiores” (ciudadanos y colectivos sociales), y la descentralización de las estructuras organizativas, adoptando un modelo basado en la planificación de “abajo a arriba”. De este modo, la comunidad se convierte en destinatario y protagonista de la intervención social, siendo simultáneamente objeto y agente de cambio. Este planteamiento requiere de la modificación de las políticas sociales, hacia una dimensión comunitaria, donde los sujetos no son únicamente portadores de carencias, sino también de potencialidades que necesitan de los recursos adecuados para ser desarrolladas.
El proceso de diagnóstico, planificación, intervención y desarrollo comunitario, debe agrupar al mayor número posible de individuos, grupos, colectivos y entidades, con el fin de establecer un plan de trabajo lo mas preciso posible, aprovechando la totalidad de los recursos potenciales y disponibles.
Es evidente que las áreas de servicios sociales deben encontrar fórmulas, para responder y satisfacer un número creciente de demandas, con un nivel de recursos humanos estancado y un volumen de recursos financieros cada vez menor. Es aquí donde el trabajo social comunitario tiene su razón de ser. La colaboración entre ciudadanos e instituciones constituye el medio mas adecuado para intervenir en la realidad social, racionalizando a la vez los costes, evitando solapamientos y duplicidad de recursos. La acción comunitaria necesita de un volumen de recursos considerable, y solamente es eficiente a largo plazo, si está bien financiado y gestionado.
El voluntariado puede entenderse como una contribución solidaria y espontánea, carente de planificación, destinada a cubrir las carencias sociales (acción social). Por ello, lo que ahora conocemos como voluntariado debería evolucionar hacia el trabajo voluntario, entendiendo este último término, como una respuesta estructurada y globalizada a las necesidades del conjunto de la comunidad.
Desde cualquier ideología o filosofía, la participación permite que todos los ciudadanos contribuyamos al desarrollo social. Poder participar nos permite crear instrumentos que presionen lo suficiente como para lograr cambios estructurales, que a su vez den respuestas adecuadas a las demandas y carencias sociales. Es evidente que para lograrlo deben existir mecanismos y cauces de participación adecuados, asimismo queda claro que para llevarlo a cabo hace falta un compromiso, motivación, formación adecuada y un nivel considerable de organización y planificación.


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